• Martes 12 de Diciembre del 2017

Ser Mujer | Yo quería sentirme feliz, ser capaz de sonreír y emocionarme por la vida

Marlen durante un viaje que realizó a Guatemala. VOS DALE/CORTESÍA

Tenía 22 años cuando un día de agosto del año 2006 le dije a mi mamá: "No estoy bien. Necesito ir a un psiquiatra". Sí, 22 años, nadie lo hubiese esperado. Una "niña que lo tenía todo". Hija única, educada, bonita, inteligente y estudiante del sexto año de medicina. Tan solo 22 años.

Resulta que mi vida no era mágica. 22 y tratando de sobrevivir al año más estresante de toda la carrera de medicina: El internado rotatorio. Ese año que te toca asumir todas las responsabilidades de un médico pero que, al mismo tiempo, seguís siendo un simple estudiante. Vivir esos turnos en un pasillo prácticamente sola, a cargo de unos 200 pacientes, y muchos de ellos luchando por su vida no era lo más bonito para mí.

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Sentía que la vida de esas personas solo dependía de mí. No era así realmente, pero mi personalidad perfeccionista lo veía de esa manera. Sumémosle que llevaba años queriendo salirme de la carrera porque sentía que no era la correcta.

Multipliquémosle que al salir del hospital me enfrentaba a pocas horas de sueño por querer pasar el tiempo con un novio al que amaba con mi alma, pero con quien desarrollé una codependencia y me tocó sufrir un fuerte abuso emocional. Sí, nada en mi vida era mágico en ese momento. Yo era una bomba de tiempo… y la bomba un día explotó.

Recuerdo que mi mamá, apesarada y aún sin saber bien qué pasaba, aceptó llevarme a la psiquiatra. La doctora después de hacerme unas pruebas nos dijo —sin dudar— que yo tenía un síndrome depresivo mayor. Me recetó antidepresivos y dijo que era necesario internarme en una clínica para empezar a trabajar en una terapia lo antes posible. Para mi mamá fue un shock ¿en serio, internar a su princesa? Pero para mí era mi salvación.

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Sin dudar dije que estaba dispuesta a internarme, no quería sentirme así, quería volver a sonreír. El único problema es que yo estaba estudiando medicina, en el internado, tenía rotaciones que cumplir, perder una de ellas podía significar también perder la carrera. Eso a mí no me importaba nada, pero a mi familia sí. Por eso, se habló en el hospital y se decidió que en mi siguiente rotación me iban a dar un par de semanas para que yo pudiese ir a mi terapia. Eso nunca pasó.

Una noche, después de una pelea terrible con mi famoso novio, mi sistema se apagó. Así como lo leen, se apagó. Se me viene a la memoria la mañana siguiente en la que mi mamá me llegó a despertar para decirme que debía ir al hospital. Yo dije: "No, nunca más. Todo para mí se acabó". Ese día, ya a mis 23 años, empezó una lucha para vencer la depresión.

Y no quiero que se confundan, no era que estuviese solo triste, y con justa razón, porque en ese momento el dichoso novio me dijo por teléfono que él no podía seguir con una persona enferma con depresión porque le afectaba su vida laboral, vean que fichita con la que andaba.

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Realmente yo estaba enferma. Tenía un síndrome depresivo mayor, el cual es el peor grado en los niveles de depresión. Y es que no sé si saben que la depresión es una enfermedad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que "la depresión es un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración".

Se espera que en el 2020 sea la segunda causa principal de incapacidad en el mundo. Existen factores genéticos, psicosociales y biológicos. Es algo sumamente complejo y no soy psiquiatra para poderlo explicar con propiedad. El punto (y quiero que quede bien claro) es que la depresión es una enfermedad real. 

Les aseguro que yo no quería estar deprimida. Yo quería sentirme feliz, quería ser capaz de sonreír, de emocionarme por la vida. Ni siquiera sentía tristeza. Me sentía muerta en vida. Un cuerpo que era capaz de moverse y respirar pero que no tenía la menor intención de vivir.

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Después de esa primera crisis, no faltaron las personas visitando mi casa para darme consejos, orar, decirme que era joven, que no valía la pena que una muchacha tan bonita estuviera triste, que tenía que poner mi mejor esfuerzo que la felicidad era una decisión, que dependía de mí si era feliz o no.

¡Pero NO! Nadie que no haya pasado por esto, léanlo bien, nadie que no haya pasado por esto es capaz de entender lo que es sentirse una zombie. No tener sentimientos de nada. Querer pasar dormida todo el día porque estar despierta dolía, porque vivir dolía. Que tu único interés fuese dejar de respirar. Pasar vigilada las 24 horas por algún familiar por miedo a que me hiciera daño y las pocas horas despierta realmente estar pensando en la manera de burlarlos para acabar con todo.

¡NO! Nadie que no haya pasado por esto es capaz de entender que para una persona deprimida la felicidad no es una decisión, a como lo dicen hoy los libros y coaches motivacionales. Para una persona sana mentalmente esta es una afirmación verdadera, pero definitivamente no lo es para una persona con depresión. Mi lucha con la enfermedad fue dura.

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Entre crisis logré terminar el internado y, de alguna u otra manera, salir de la carrera de medicina. Fueron años de oscuridad, de intentar uno y otro tratamiento, de visitar psiquiatras, psicólogos, grupos de oración, lo que fuese necesario porque yo no me quería sentir así. Pero esta enfermedad es uno de los peores cánceres que existe, porque va matando lentamente a tu alma. La depresión mata. 

Sin embargo, Dios estuvo conmigo cuidándome. Estoy viva, y ya solo eso es un milagro (una historia linda para otro día). Un día, así como llegó la depresión, después de muchos años un día se fue. Agarré el impulso y tomé la decisión de estudiar fuera del país, hubo otra crisis, pero en ese país Dios puso a los médicos adecuados que, a través de un tratamiento, me regresaron a la vida; la vida de una mujer sana.

República Dominicana representó mi sanación, es por eso que Dios me envió a esa isla, más que a ser dermatóloga, fue a ser sanada. Y ahí empecé a fortalecer mis alas, tomar todo lo que había aprendido después de tantos años de dolor y convertirme en la mujer que siempre soñé ser.

Es por eso que ahora siempre me ven con una sonrisa, es por eso que me miran buscando las cosas positivas de la vida, es por eso que siempre les digo que para mí no es fácil, pero estoy disfrutando de este momento en el que me siento tan plena, en el que me siento lo suficientemente fuerte como para contar esta historia sin que me afecte, en el que ya no dependo de antidepresivos, ansiolíticos ni terapias. 

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Saberme sana de esta enfermedad lo es todo para mí. Y es que es un milagro que papá Dios me regaló. Pensé que no iba a llegar a los 30 años y miren adónde estoy. Les aseguro por mi vida que esto solo es obra de Dios y de mi deseo de no volver atrás. Porque al ser una enfermedad real, siempre está el riesgo de que regrese, pero al ser una mujer de Dios sé que eso ¡no va a pasar!

Así que si vos que por casualidad hoy me leés estás pasando por algo similar, quiero brindarte esperanzas. No tengás vergüenza, no estás solo ni sola. La negación retrasa más la sanación. Es posible que en este momento no sintás que haya algún motivo para estar feliz, o incluso, para vivir. La enfermedad es la que te hace sentir así. Pero un día, tené fé, vas a ser capáz de volver a sentir. No sé si hoy o mañana, una semana, un mes o un par de años, pero por mucho que cueste es una enfermedad que se puede tratar.

Es una enfermedad de la que sí te podés curar. Yo había perdido toda esperanza. Yo estuve a punto de morir varias veces, pero hoy estoy aquí, fuerte, viva y feliz con mi vida. Creeme que si yo pude vencer ese cáncer del alma, si yo pude superar esa enfermedad que casi me cuesta todo, creeme que vos también podés. 

Por si sos el familiar 

Pero, si sos el familiar que cuida a una persona en depresión te pido que más que comprender esta enfermedad —es probable que nunca lo hagás—, acompañés a esa persona amada en este proceso sin juzgar. Esta enfermedad no es fácil, pero te aseguro que nadie quiere sentirse así.

Te aseguro que tu familiar no quiere sentirse así, quiere vivir pero simplemente no encuentra la salida. Hay que aceptar la enfermedad y buscar la ayuda médica y aferrarse a Dios. El tiempo lo cura todo. Es desgastante, pero siempre hay una luz al final del túnel.

El diagnóstico adecuado es importante. Hoy hablo de la depresión porque es lo que yo viví, pero son muchas las enfermedades mentales que están atacando a más personas de lo que te imaginás. Y como su nombre lo indica son enfermedades, no es nada por lo cual sentirse avergonzado.

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A unos les toca enfermarse nada más de gripe, a otros le dan infartos, a otros cáncer, a muchos más una enfermedad mental, que es tratable. No te miento, es una lucha horrible, pero se puede ganar. Al final del día, el aprendizaje que tengo hoy por haber pasado por todo eso, no me lo quita nadie. La fortaleza, la madurez y la sabiduría que me dio esta situación no me la quita nadie.

Hoy vivo según prioridades, me alejo de personas tóxicas y que no aportan nada a mis emociones, cuido mis pensamientos y mis acciones. Reconozco cuando estoy triste porque resulta que la tristeza es una emoción humana completamente normal, pero al mismo tiempo, busco cómo actuar para no quedarme ahí.

Para cambiar el chip hago ejercicio, construyo relaciones con personas que siento que valen la pena e invierto en ellas, le pongo amor a mi trabajo, me levanto aunque no quiera, me obligo a buscar el arcoiris durante las tormentas, le entrego mis emociones todos los días a Dios y no permito que me tengan lástima por lo que viví. Soy una guerrera, soy una sobreviviente, una SUPERVIVIENTE y recordá: ¡Si yo pude, vos también podés! 

La autora es bloguera. Este artículo primeramente fue publicado en su blog Dra. Mar. Podés seguirla también en su Facebook como Dra mar.

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